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El Manchego remonta en La Moheda y hunde más a La Solana

Los amarillos cuajaron una gran primera parte y se diluyeron en la segunda
El equipo de Míchel Carrilero logró superar el tanto de Vicente en el primer tiempo con goles de Buitrago y Pascu en la segunda parte.
Aurelio Maroto / Fotografía: LA GACETA

La Solana recetó un gran primer tiempo, bien pertrechada atrás y con colmillo en la proyección a la contra. El Manchego propuso más toque en la ronda de pases, casi siempre sobre los pies de Rafa García y Gregori, pero sin profundidad. Los azules se atascaban por el centro, donde Pirri y Acosta guarecieron a la perfección la primera línea de contención. Su trabajo fue decisivo para ayudar a Sancho y Josema en el eje. Por banda, De la Hoz siempre pudo con Spires y Juan dominó su perímetro por el otro costado. Conscientes de su inferioridad en centímetros, se trataba de que gente como Diego Buitrago o el mismo Rafa García no encontraran posiciones cómodas de remate o, en su defecto, el juego de espaldas. De poco sirvieron los esfuerzos de Antoñito bajando a buscar el juego de enganche.

Así fue como La Solana fue creciendo. Y fue creyendo. Los amarillos no tardaron en asomarse ante Sergio. Primero con un disparo raso de Meshack que sacó el meta con apuros. Luego con un zapatazo de Pirri que rozó la cruceta. Y la más clara de todas, con un disparo franco de Mini que se encontró de nuevo con Sergio. Finalmente, el gol llegó. Meshack aprovechó una pifia visitante en campo propio, prolongó ante la carrera de Luque, que avanzó y asistió a Vicente para que marcara a placer.

El 1-0 era un gran botín sobre un guión perfecto. La Solana se sentía cómoda al contragolpe y ese resultado era miel sobre hojuelas para el segundo asalto. El Manchego no tardó en hacerse con el control casi absoluto en la reanudación. Era lo previsible. Los amarillos entregaron el balón sin rubor. Lo que necesitaban era mantenerse firmes atrás, evitar grietas y esperar pacientemente las salidas en velocidad. Vicente, Mini, Luque y Meshack aún tenían gasolina.

El problema es que el depósito se agotó antes de lo previsto sobre un césped natural muy castigado. Las botas pesaban un quintal. Y ahí llegó la diferencia. Míchel Carrilero miró a su banquillo y sonrió. Salió Castro y el área se hizo más venenosa; salió Rodri y la medular encontró un nuevo dueño. Kiko Vilches miró a su banquillo y sonrió menos. No veía a Raúl Delgado, ni a Almarcha, ni a Diego Sevilla… Ni siquiera a Josema, enfrascado en labores de central ante la sensible ausencia de Juli. Eran precisamente los futbolistas que hubiera necesitado para equilibrar la apuesta.

Y en esas llegó el empate. Fue tras una turbia jugada en el área local, llena de rechaces, que resolvió Buitrago con maestría. Agua helada en el ecuador del segundo tiempo para un equipo que comenzó a hacerse muy largo. El míster quemó sus naves y dio entrada a Otman Cabriti y Chico Rubio, ambos con buen pie pero fríos como granizos. Y la tarde exigía, precisamente, sangre caliente. Así fue como, por una de esas grietas postreras, entró Pascu para hacer el segundo. Y se acabó lo que se daba, a pesar de que Luque, inmenso una tarde más, tiró de orgullo y a punto estuvo de empatar en el último suspiro. Probablemente hubiera sido el resultado más justo. Pero en fútbol, ese tipo de justicia es un cuento de hadas.

“Lesiones y otras circunstancias”

Mientras que Michel no ocultaba su satisfacción en la rueda de prensa posterior, dando un enorme valor a esta victoria y echando flores a La Solana, Kiko Vilches navegaba entre la decepción y la esperanza. Insistió en que el partido se rompió desde la largura, o angostura, de ambos banquillos. Y dijo algo significativo: “Entre lesiones y otras circunstancias estoy entrenando con doce”. A la pregunta de cuáles son esas circunstancias fue enigmático: “Soy un hombre de club y me guardo los problemas de la cocina para resolverlos en casa”. Evitó dar más detalles, pero parece que algún jugador, o varios, deberán dar explicaciones sobre su nivel de compromiso en los entrenos durante estos días navideños. Y que cada palo aguante su vela. Más que nunca, toca remangarse si es que La Solana quiere derribar al púgil más temible de todos: el descenso.

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